Ana vio en video cómo matan a su hijo y lo tiran en fosa; Lo busca en Sonora

Aquí está parada Ana, a mes y medio de no localizar a su hijo Marco Antonio, quien había sido deportado de Estados Unidos y tenía un año tres meses viviendo en San Luis. Amaba a los animales, tenía un pitbull y era muy ecléctico en sus gustos musicales.

Las esperanzas de la madre de Marco de encontrarlo con vida se acabaron cuando se viralizó en redes un video de una ejecución con un alto grado de violencia psicológica y física. La víctima era su hijo. Los victimarios, tres sicarios muy jóvenes que algunas personas de la localidad aseguran eran miembros de la pandilla más antigua y grande de San Luis, los Wonder Boys Klica (WBK).

Por Tercero Díaz

San Luis Río Colorado, Sonora, 30 de septiembre.– “¡Esos perros hasta por 50 pesos andan matando!”, dice una mujer solidaria en referencia a los sicarios de esta región, mientras nos transportamos en la camioneta de Ana López, madre de Marco Antonio Durán, un joven de 29 años desaparecido desde el 14 de agosto.

La búsqueda de Marco Antonio es la segunda realizada por la sociedad civil en la localidad después del caso de feminicidio infantil de Itzel Nohemí, en mayo pasado. Aquí en el desierto, las familias no buscan por miedo a los criminales.

Esta búsqueda en las periferias desérticas de la región se realizó del 23 al 26 de septiembre.

Los bigotes de don Simón, otro buscador de Guerrero, rosan la varilla T después de clavarla en la tierra buscando oler la muerte en medio del color amarillo del desierto. Foto: Tercero Díaz, Pie de Página

Aunque Ana López y su hijo son originarios de Guanajuato, ella tenía días sin verlo, ya que ella radicaba en Estados Unidos.

Participaron varios colectivos: Madres Buscadoras de Hermosillo, Armadillos de Búsqueda y Rescate, Red Retoño, Colectivo Reco y Los Otros Buscadores, además de la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

Elementos de la Secretaría de Defensa Nacional nos brindaron seguridad algunos días.

“Tenía una inquietud muy grande en mi corazón porque no me contestaba el teléfono, le marqué muchas veces y duré como dos, tres días y no me contestaba. Le hablé a mi prima y le dije que tenía mucho pendiente de él que si por favor iba a visitarlo, me dijo ‘no te apures, mañana voy a buscarlo’. El jueves fue a buscarlo mi prima, y fue cuando encontró la casa vacía, los perros sueltos, el portón abierto, se llevaron todo, todo. Le perdimos la pista, toda la gente dijo que no se supo de él desde el miércoles 14 de agosto. En la noche todavía lo miraron, fue el último día”, relata Ana.

Por caminos de terracería, en zonas desérticas, Ana enciende cigarro tras cigarro, habla pero no dice nada, responde pero de otras cosas. Se nota desesperada, inquieta. Avanzamos hacia una dirección y luego otra. No hay precisión, las búsquedas en ocasiones son así.

No existe la forma de medir el dolor en el corazón de la madre de un desaparecido, pero he observado desde otras brigadas algunas características en las etapas de la búsqueda.

Dos días pasaron, la Sedena dejó de asistirnos. Se fueron todos, la otra mitad de la jornada de búsqueda sólo somos Miguel, Mario, don Simón y yo. Foto: Tercero Díaz, Pie de Página

Al principio es común verles angustiadas, preocupadas y tristes, pero hay ímpetu, y una creencia y una fe en que se va resolver en pocos días. En algunos casos afortunados que aplaudimos y agradecemos eso sucede, en otros no.

Los familiares de las víctimas suelen pensar que las fiscalías, ministerios públicos y demás policías harán su trabajo y van a investigar y buscar; piensan en los primeros días que las autoridades les ayudarán. Pasa el tiempo y viene el golpe del primer mes buscando.

Suele ser el peor de los momentos: las madres y familiares han hecho de todo y nada les ha funcionado. Fueron, vinieron y regresaron. Hablaron con éste y con ésta; fueron aquí y allá; dejaron sus trabajos y comienzan los estragos económicos; no se sabe con qué van a comer, con qué van echar gasolina al auto, con qué van a pagar lo que ya deben y a quién le van a seguir pidiendo ayuda.

Cada vez la gente se va alejando y por primera vez se rompe esa burbuja. Se dan cuenta que las autoridades no contribuyen y que los más probable es que no lo hagan nunca. El shock del primer mes.

Aquí está parada Ana, a mes y medio de no localizar a su hijo Marco Antonio, quien había sido deportado de Estados Unidos y tenía un año tres meses viviendo en San Luis. Amaba a los animales, tenía un pitbull y era muy ecléctico en sus gustos musicales.

En las tardes que continuamos caminando el desierto sin elementos de seguridad, algunos halcones -los vigilantes de grupos delictivos- iban y venían en cuatrimotos, se paraban, nos observaban de un punto, regresaban a otro, una y otra vez. Foto: Tercero Díaz, Pie de Página

“Yo esperaba que resolvieran el caso (las autoridades) que me apoyaran con alguna investigación, mientras yo esperaba cuando pensaba que estaba vivo. Nunca tuve ayuda. Nunca tuve ayuda de ninguna autoridad, lo único que levantaron fue el acta de denuncia. Después sale lo del video y voy y les digo y dicen que no saben si es mi hijo, les dije que sí era. Desde que empecé a buscar hasta ahorita, ellos me prometieron que me iban ayudar que me iban apoyar, en realidad con lo único que me han apoyado es, por ejemplo, cuando hemos organizado búsquedas, pero los puntos de búsquedas yo los he obtenido, porque ellos no han hecho absolutamente nada de investigación. A esta fecha desde que inició no tienen una sola palabra que contestarme sobre la investigación”, comenta Ana mientras avanzamos desierto adentro.

APARECE EL VIDEO

Las esperanzas de la madre de Marco de encontrarlo con vida se acabaron cuando se viralizó en redes un video de una ejecución con un alto grado de violencia psicológica y física. La víctima era su hijo. Los victimarios, tres sicarios muy jóvenes que algunas personas de la localidad aseguran eran miembros de la pandilla más antigua y grande de San Luis, los Wonder Boys Klica (WBK).

Tres días después de la aparición del video, los mismos jóvenes se encontraron en una persecución y tiroteo donde la Policía Estatal de Sonora los abatió en la periferia de San Luis. Quedaron en un Jeep atascado en la arena del desierto.

A esos jóvenes, que calificó como “perros”, se refería la solidaria. Presas fáciles y carne cañón para los cárteles de la droga. Víctimas y victimarios.

“¡Cállate a la verga, ya no tienes nada que decir!… ¡échamelo al hoyo!… ¡échale tierra tápalo!”, se escucha en el video mientras lo visual nos estremece a todos. La vida de Ana López cambió desde la desaparición de su hijo, y el video lo empeoró. Paradójicamente ese video ayudó a los buscadores para ubicar zonas específicas donde rastrear y buscar indicios.

“No conocía a la víctima. A los sicarios tampoco los conocía en persona, pero todos sabemos aquí que fueron los WBK. Dicen que un cártel, no sé cuál sea pero que un cártel los reclutó a ellos, a los cholos, para que fueran como parte de sus sicarios porque estos conocen bien San Luis, y ellos según dicen cobran a quienes deben al cártel, eso es lo que dicen. Roban, matan y controlan el negocio de los polleros y cruce de indocumentados”, comenta un informante local que pide el anonimato.

CUATRO DÍAS DE BÚSQUEDA

Llegamos a un punto, a otro y otro durante cuatro días, la madre se queda en el auto, recarga su rostro frente al volante, y rompe en llanto; los demás caminamos, observamos, encontramos pipas, latas, casquillos de cuerno de chivo, basura y más basura. El sol arrecia, las nubes van y vienen, y sólo escuchamos nuestras respiraciones, estamos concentrados. Los militares se van a la sombra y se cocinan unos huevitos en un sartén.

Los bigotes de don Simón, otro buscador de Guerrero, rosan la varilla T después de clavarla en la tierra buscando oler la muerte en medio del color amarillo del desierto. Se mete a la fosa, cava un poco, huele fuerte, el aire nos hace llegar la muerte que sale de ese agujero a nuestras narices.

“Es una fosa ya procesada”, dice alguien, y a pesar de que ya está trabajada por las autoridades, esa peste continúa aferrada a ese pedazo de tierra. Como es común que los delincuentes utilicen las mismas fosas que procesan los peritos, don Simón, Miguel y yo cavamos para verificar que no sea una fosa reusada. Ante el sol y en arena la pala se vuelve pesada, hacemos turnos hasta que uno se agota sigue el otro, así por minutos hasta que la dejamos descartada.

Regresamos después de horas de caminata y los militares siguen comiendo huevito y refresco bajo la sombra, cuidándonos. Miguel y Mario abordan a la señora Ana, le brindan sus fuerzas.

“Nosotros estamos buscando, señora, usted aunque no nos vea, usted no tiene que estarnos vigilando ni correteando, tenga la certeza que nosotros estamos buscando seriamente a su hijo”, le dice Mario Vergara. “Yo me comprometí con usted, señora, y a eso venimos a echarle la mano, vamos a seguir buscándolo”, agrega Mario.

Dos días pasaron, la Sedena dejó de asistirnos. Se fueron todos, la otra mitad de la jornada de búsqueda sólo somos Miguel, Mario, don Simón y yo.

“Todos nos prometemos a nosotros mismos que los vamos a encontrar, es una promesa que todos la hacemos: te prometo que te voy encontrar, te prometo que te voy a buscar, te prometo que no te voy olvidar. Pero conforme pasa el tiempo se van olvidando, la sociedad es la primera que se olvida, si salieron 100 personas a buscar, el siguiente día salen 99, después 95, después 70, 60 y así va bajando. Ya cuando pasa un mes, cuando quedan 10 o 5 buscando, volteas y ves todo el dolor que traes detrás. Quieres tomarte un momento de reflexión y piensas que estás solo, la sociedad se va olvidando, estamos en un México que el olvido es lo cotidiano. Ya cuando llevas un año buscando sabes en realidad quién te quiso acompañar, quién te entendió”, comenta Miguel Trujillo.

“Siempre he dicho que la desaparición es como una flecha que se te clava en el cuerpo, pero hay a quienes les da en una mano y hay a quien le da en un pie y a quienes nos da en el corazón. La gente puede decir: ‘sabes qué, tengo un desaparecido, mira aquí tengo la marca, mi cicatriz, soy víctima indirecta porque tengo mi cicatriz, tengo un desaparecido’. Pero hay a quien la flecha nos pega en el corazón y nos duele y nos desangramos pero no morimos, vivimos con ese dolor pero no te mueres”, añade.

En las tardes que continuamos caminando el desierto sin elementos de seguridad, algunos halcones -los vigilantes de grupos delictivos- iban y venían en cuatrimotos, se paraban, nos observaban de un punto, regresaban a otro, una y otra vez.

“Si me pongo a pensar en el miedo, si me pongo a pensar en los nervios, ya no busco. En todos lados a donde hemos ido está peligroso, y hay que seguir buscando”, dice Miguel.

La jornada de búsqueda de Marco Antonio llega a su fin y no se logra el hallazgo, sin embargo, la búsqueda no ha acabado y Ana y los demás planean nuevas estrategias para días venideros.

“Yo no sabía de este contexto de la desaparición en México, no tengo ningún conocido ni amigos que tengan familiares desaparecidos, es terrible”, menciona Ana, quien lleva años viviendo en Estados Unidos, y agrega que espera que alguien le ayude, le dé una pista para seguir. “Ya se me están agotando las fuerzas”.

Fuente: Sin Embargo

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